T.

No sé si era por efecto del vino, o por la soledad que por tanto tiempo me acompaño, pero me gustaba estar con él. Supo comprenderme cuando nadie más estuvo ahí para escucharme.
No me sentía atraída por él; su nariz era demasiado pequeña y sus ojos, que si bien eran de un bonito color pardo, tenían una distancia entre ellos que era demasiado grande. Tampoco me gustaba su forma de caminar, demasiado tosca, cada paso iba cargado de un peso invisible pero que uno podía percibir. Sus gustos eran peculiares y su ropa resaltaba entre la multitud.
Lo que sentíamos el uno por él otro siempre será un misterio, por mi parte, siempre he pensado que no nos amábamos, creo que incluso nunca nos gustamos, era más bien, una forma de pasar el tiempo. Una forma de matar el tiempo, de pasar la soledad. Nos besábamos y yo me entregaba a él como a ningún otro pues no tenía miedo de perderlo. ¿Perder qué? Si nuestra relación estaba basada en una mentira o mejor dicho, en nuestra capacidades actorales.
Hacíamos como que nos amábamos: “hacíamos el amor”, pero no realmente… nunca nos prometimos nada, pero nos permitíamos sentir muchas cosas, pasiones que se desbordaban cuando estábamos juntos. Nos mirábamos a los ojos y reconocíamos en la mirada del otro una profundidad capaz de develar todos los misterios del universo, mirada capaz de hacernos sentir en un mismo tiempo la redención y la exaltación, fe ciega y admiración, era el licor de lo desconocido, elixir eterno que nace desde lo más hondo, en otros mundos que nos fueron negados con anterioridad.
Si, quizás eso lo resume todo. Yo, colocaba en ti mis deseos y todo el amor que no pude entregar nunca. Te escuchaba y me escuchabas. Nuestros cuerpos también lo hacían, comprendiste lo que necesitaba y fuiste capaz de dármelo.

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G.

“Las polillas se sienten atraídas hacia la luz porque en el fondo la han confundido con la Luna. La verdad de las polillas es que sienten un profundo amor y anhelo por la luna, se hallan enamoradas de ella, y a veces, confundidas, vuelan en torno a artefactos luminicos, potentes pero no bellos como su enamorada.”

A. L.

 

Leo las palabras de Alberto Lamarca en “Viajero nocturno” y no puedo sentirme más que identificada con ellas. Mientras leo, disfruto la calidez de este atardecer primaveral, y de vez en cuando, observo las estatuas del parque, mi parque favorito… aquél al que nunca quisiste acompañarme. 

Al leer, te recuerdo, y me siento como una polilla.

Desde el primer momento me confundí. Te vi y corrí hacia tus brazos esperando abrazar la Luna que habitaba en tu interior, pero tan solo choqué con vidrio helado pues no eras sino un farol que titila en un callejón sombrio y húmedo.

Fui enceguecida por tu sonrisa y tus ojos brillantes como noche estrellada. Invente mil historias, engañandome a mi misma, me dije que eras la Luna y que yo pertenecía a ti, que estabamos destinados a estar juntos. “No importa lo que digan los demás”, decía. “No importan las circunstancias en que todo comenzó”, “No importa”… no importa esto, no importa aquello.. y parece que en ese entonces lo que menos importaba era yo.

Ahora que observo de lejos la situación, ahora que miro hacia aquel callejón sucio y frío, solo puedo verme como polilla chocando una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez. Sin aprender la lección a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera… pobre polilla terca.

Pensé que eras la Luna.. MI LUNA. Y solo acabé estrellandome con una ampolleta.

Terminé con mis manos quemadas, con mis alas marchitas.

 

C.

Vivía la vida absorto en la rutina.

Nunca se preguntó si lo que hacía le gustaba.

Fue un ciudadano ejemplar, realizó los 16 años de escolarización obligatoria, graduandose con honores. Fue a la universidad, manteniendose siempre en los primeros lugares.

Cada cuatro años votaba por el mal menor que gobernaría en su país.

Llegó virgen al matrimonio, que consumó a sus 23 años.

Leyó todo lo que tenía que leer y aún más. Sabía el nombre de todos los países africanos que pertencen y pertenecieron a la colonia francesa, sabe decir en al menos siete distintos idiomas: “estoy pérdido” y “dónde está el baño?”.

Nunca se ha sentido enamorado, ni siquiera de Don Beno, el perro quien lo acompañó durante sus primeros 13 años de vida, no lloró cuando murió y no siente tristeza cuando ve las fotos en las que aparecen juntos.

Todo era tranquilo en su vida, nada totalmente bueno, nada totalmente malo. Normal. Todo se encontraba dentro de la norma y él era feliz así.

Y derrepente, sin saber como, ni cuando, comenzó.

Llega a su vida tornado y tempestad que abolieron todo lo que el reconocía como una vida plena.

Ella, sin una razón en particular, toma su mano y lo guía por recovecos desconocidos en la ciudad, él ve otro mundo, escapa a la rutina, conoce la felicidad, conoce el amor y por fin comienza a crear proyectos que realmente le interesan.

“Nunca dices hola, ni como estás; llegas y te abalanzas diciendo algo sin importancia, detalles nimios. Me gusta. Me gusta. Llegaste a mi vida así, sin avisar, sin saludar. Y ahora, cada vez que me encuentro contigo me haces revivir aquel momento”.

Pero así como llegó y le enseñó un lado completamente nuevo de la vida. Así mismo se fue.

Sin despedirse.

Sin un adiós.

Sin más, se fue.

Su vida no fue la misma.

Fue absorvido por una masa de negatividad y oscuridad, se encontró a si mismo en lo más profundo de una fosa que el mismo pareciera haber construido. No fue la perdida de ella lo que lo arrastró a tal lugar, a lo más sombrío de su ser, tampoco fue el recuerdo de aquellos parajes y bellos paisajes que juntos presenciaron, ni mucho menos la destrucción su familia. No fue el abandono, ni la soledad.

Fue el haber conocido aquello, la luz que irradiaba su presencia, el haber escapado de las garras de la rutina, el haber presenciado tanta belleza en un mundo que el creía neutro.

Jamás pudo volver a poner una sonrisa en su rostro, sabía que nunca más iba a poder sentir tanta felicidad y plenitud.

Anhelaba la ignoracia que sentía antes de que ella llegara a su vida.